A sus pies se abre la PUERTA DE LAS CADENAS, una de las portadas más antiguas de la
catedral. Su nombre recuerda las cadenas que antiguamente delimitaban el
espacio de la Lonjeta, donde se reunía el Consell municipal en los primeros
tiempos de la Orihuela cristiana. Y su arco polilobulado, de influencia
gótico-mudéjar, le confiere una personalidad muy particular. Sus capiteles y
las figuras esculpidas enriquecen la composición, convirtiendo la entrada en
una pequeña joya de la arquitectura medieval.
Allí, un panel explicativo nos recuerda que
su historia comenzó a finales del siglo XIII, sobre el solar de la antigua
mezquita mayor de la Orihuela islámica. Primero fue iglesia parroquial, después
colegiata en 1413 y, finalmente, catedral en 1510. Desde entonces, el edificio
fue creciendo y transformándose al compás de los acontecimientos, incorporando
nuevos espacios y estilos artísticos hasta alcanzar la monumentalidad que hoy
podemos contemplar.
Continuamos nuestro recorrido hacia el lado norte, donde nos esperaba la PUERTA DE LA ANUNCIACIÓN, también conocida como Puerta de los Perdones. Realizada en 1588 por el arquitecto Juan Inglés, esta portada renacentista presenta una composición inspirada en los arcos triunfales de la Antigüedad clásica. En sus enjutas aparece representada la Anunciación, el momento en que el arcángel Gabriel anuncia a María que será madre de Jesús.
Junto a su arco, destaca una esbelta ventana
gótica con tracería en piedra, cuyos calados filtran la luz como si de un
encaje mineral se tratase.
En el muro meridional, bañado por el sol del mediodía, los sillares de piedra guarda una tradición casi secreta: LOS VÍTORES. Son inscripciones pictóricas o grabadas —habitualmente en tonos rojizos o mediante incisiones— con las que los antiguos estudiantes de la cercana Universidad de Orihuela celebraban la obtención de su grado de doctor.
En estas marcas labradas en la piedra sur
destacan anagramas estilizados que entrelazan las letras de la palabra VICTOR o
VITOR, acompañados frecuentemente del nombre del graduado, la fecha del logro o
escudos académicos. Verlos grabados en el muro exterior es tropezar con la
alegría inmortal de aquellos jóvenes eruditos que, hace siglos, quisieron dejar
su huella en el templo mayor de la ciudad.
A su lado se abre la PUERTA DEL LORETO (o Portada Sur), joya del siglo XIV. Destaca en ella su hermosa aldaba, un bronce antiguo trabajado con maestría que parece aguardar el roce de una mano lejana para abrir las puertas al recogimiento.
Cruzando el umbral, la catedral nos recibe con el murmullo de los rezos y las voces de la misa, que se elevan entre sus tres naves y resuenan bajo las majestuosas bóvedas de crucería anilladas. Nos detuvimos para contemplar la reja que cierra el presbiterio, una de las grandes joyas de la catedral. Esta magnífica obra renacentista, diseñada por Jerónimo Quijano y realizada por el maestro cerrajero Andrés Savanian y su taller, destaca por su delicada ornamentación y sus detalles dorados. Su estructura, más que ocultar el espacio del altar, parece dibujar una frontera de hierro entre lo sagrado y lo cotidiano.
Al desplazarnos sigilosamente por la nave de
la Epístola, procurando no llamar la atención y siendo respetuosos con la
celebración que tenía lugar en esos momentos, nuestra mirada se encontró con
una perspectiva diferente del templo. Sobre la puerta sobresale la imponente
presencia del órgano, una auténtica joya musical realizada en el siglo XVIII
por Nicolás de Salanova y Martín de Userralade. Su caja, ricamente ornamentada,
es una obra de arte por sí misma. Y aunque en el momento de nuestra visita no
pudimos escuchar su sonido, resulta fácil imaginar cómo debían de resonar sus
notas durante las grandes celebraciones, elevándose hacia las bóvedas y
llenando cada rincón de la catedral. Al fondo de la imagen, la CAPILLA DE LA VIRGEN DEL ROSARIO remata
la nave como un santuario dentro del santuario.
Entre el numeroso patrimonio pictórico que
atesora la basílica destaca el conmovedor LIENZO
DE LA CURACIÓN DE LOS LEPROSOS de Eduardo Vicente. La escena capta la
compasión evangélica con un claro claroscuro de influencia barroca: la piel
castigada de los dolientes contrasta con la luz que emana de la figura central,
transmitiendo al espectador una profunda carga emotiva y espiritual.
Nuestros pasos, casi mudos para no
interrumpir el recogimiento de la misa que se estaba celebrando, nos llevaron
hasta la nave del Evangelio, donde las bóvedas de crucería estrellada conducen
la mirada de forma natural hacia la CAPILLA
DEL CRISTO DE LA AGONÍA, un espacio presidido por el Cristo del Calvario,
obra del valenciano Enrique Galarza Moreno, e iluminada por un bello rosetón.
Allí también pudimos detenernos unos
instantes en la CAPILLA DE SANTA BÁRBARA,
presidida por una imagen de la santa realizada por José Sánchez
Lozano. Se trata de una réplica de aquella otra imagen que se veneraba en
el castillo y que, según la tradición, logró salvarse de la destrucción durante
el asalto de las tropas de Felipe V en la
Guerra
de Sucesión. Sin embargo, su historia volvería a quedar marcada por la
tragedia: en 1936, durante la Guerra Civil
Española, aquella imagen original sería destruida. La que hoy contemplamos
mantiene así vivo el recuerdo de una devoción y de una historia que el paso del
tiempo no ha conseguido borrar.
Por respeto, decidimos no recorrer todo el
templo y conformarnos con unas pocas instantáneas, intentando captar con ellas
(aunque solo fuera una pequeña parte), la esencia y la serena belleza de esta
magnífica catedral. Una joya a la que, si la vida nos lo permite, volveremos en
otra ocasión.
Con ese suspiro de gratitud aún a cuestas,
nuestros pasos nos guiaron hacia EL
CLAUSTRO de la catedral de Orihuela, uno de los espacios más emblemáticos y
hermosos de la ciudad.
Sus piedras susurran ecos de otro tiempo y
otro lugar, pues se trata de una delicada obra renacentista nacida
originalmente en el antiguo convento de la Merced, donde fue erigida hacia 1560
bajo la maestría de Hernando Veliz. El destino quiso que en 1942 encontrara un
nuevo hogar aquí, reescribiendo la historia sobre el antiguo fosar o cementerio
de la catedral. Aquel proyecto, trazado con sensibilidad por el arquitecto
Serrano Peral, devolvió la vida al espacio al albergar en sus dependencias
anejas el nuevo Museo Diocesano de Arte Sacro y el Archivo Catedralicio.
Y quizá sea precisamente ese carácter viajero
del propio claustro lo que más nos llamó la atención: sus piedras cambiaron de
lugar, pero no perdieron su historia. Hoy, rodeadas por la arquitectura de la
catedral, parecen haber encontrado un nuevo hogar desde el que seguir contando,
en silencio, los muchos siglos de historia que han pasado ante ellas.
En el corazón de este patio de luz y silencio, se instaló en su momento una elegante CRUZ DE TÉRMINO gótica, llegada desde la marinera villa de Denia. Sin embargo, la que hoy nos contempla e invita a la meditación es una fiel réplica; la pieza original descansa protegida en el Museo Arqueológico de Denia.
Nos vamos pensando que quizá algún día volvamos a cruzar sus puertas, a detenernos ante sus capillas y a descubrir aquello que hoy quedó pendiente. Hasta entonces, nos quedamos con la certeza de que esta Catedral nos regaló arte e historia, y que nosotros como viajeros curiosos, simplemente nos dejamos llevar por su belleza.
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA
PUBLICACION, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://catedraldeorihuela.com/conoce-la-catedral/
https://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_del_Salvador_y_Santa_Mar%C3%ADa_(Orihuela)
https://www.jdiezarnal.com/catedraldeorihuela.html
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